viernes, 27 de marzo de 2026

Tratado de Kini Kini. El secreto de los muñecos brujos


Los nkuyos, nkisis, nkondis o kini kinis son algunos de los nombres con los que se conocen en Cuba los fetiches mágicos de madera fabricados por los negros de origen bantú —llamados popularmente congos o mayomberos dentro de la isla, aunque en realidad provenían de diversas tribus africanas como los bakuba, lingala, bakongo, baganda, kikuyus, tongas y zulúes, entre otras— que adoraban como a un dios vivo la enorme y tupida Sierra de Mayombe, cuyos bosques y ríos abarcan grandes áreas de las actuales naciones del Congo, Angola y Gabón. Estos pueblos llegaron al Nuevo Mundo como esclavos durante la época colonial, entre los siglos XVI y XIX.

Los congos o mayomberos provenían de sociedades nómadas, cazadoras, recolectoras y guerreras que carecían de escritura y transmitían oralmente sus conocimientos de generación en generación. Por ello no dejaron textos —los llamados tratados— sobre el montaje de sus muñecos brujos.

 

Las ramas de Briyumba y Kimbisa del Santo Cristo del Buen Viaje —no confundir con la antigua Kimbisa o Tumba Francesa, de fuerte influencia del vudú haitiano, practicada en el oriente de la isla— brotaron del tronco de Mayombe a finales del siglo XIX, tras la abolición de la esclavitud. Fueron fundadas en La Habana por negros libres, descendientes de esclavos domésticos, sobre todo yorubas, más sedentarios y dóciles que los bantúes. Por esa razón, sus liturgias presentan grandes lagunas respecto a los secretos de los mayomberos originales —como el de los kini kini— y abundan en elementos de influencia yoruba y católica añadidos como relleno.

 

Es por ello que ni en la regla de Briyumba ni en la Kimbisa de Andrés Petit suelen verse fetiches de madera, y sus prendas se asemejan más a las soperas, cazuelas y calderos de los orishas yorubas. El sincretismo ha llegado a tal punto que, más de un siglo después, la mayoría de los jóvenes paleros desconoce que las primeras prendas originales del Palo Monte consistieron en pequeños muñecos o figuras antropomórficas fabricados con madera, cocos, güiras, calabazas, cuernos y envoltorios de tela o cuero. Cuando se les muestra un auténtico nkisi o nkuyo, lo miran incrédulos y creen que es un “sancocho” o un invento reciente.

 

Lo que hoy llamamos Palo Monte se parece más a una religión animista —como la Santería de los descendientes yorubas— que al chamanismo practicado por los brujos de Mayombe. La mayoría de los elementos básicos de la liturgia palera moderna proviene de culturas ajenas a las bantúes. Tal es el caso del uso ritual del tabaco y del maíz, aportes de los aborígenes cubanos, o del empleo de distintos oráculos —caracoles, conchas, cocos y naipes— para adivinar, influencias yorubas y españolas.

 

Los brujos congos que llegaron a Cuba no empleaban oráculos para adivinar o consultar, pues poseían el don —de nacimiento, adquirido tras un evento traumático o desarrollado bajo la guía espiritual de un padrino— de la clarividencia, mediumnidad o vititi, vocablo kikongo que significa “vista”. Es cierto que usaban las conchas llamadas nkobos o chamalongos, pero no para “registrar” a las personas que solicitaban su ayuda, sino únicamente para obtener respuestas rápidas de los nfumbes durante los trabajos.

 

El auténtico registro o diagnóstico espiritual de los primeros brujos paleros se basaba en su habilidad para entrar en trance o semitrance a voluntad, o para provocar que otras personas cayeran en ese estado. En él eran capaces de percibir con sus propios sentidos el aura de cada individuo y las revelaciones que los espíritus mostraran sobre el mismo. En ese sentido, por ejemplo, las mpakas vititi mensu —cuernos rellenos de innumerables elementos naturales y sellados con un espejo— cumplen una función parecida a la de los péndulos, relojes de bolsillo y espirales que utilizan los hipnotizadores modernos, permitiendo al brujo atrapar la atención del sujeto y facilitar la inducción al trance.

 

Hoy en día cualquiera puede rayarse, recibir una prenda y comenzar a ejercer el oficio congo registrando a la gente con chamalongos, cauries y naipes. Pero si usted quiere encontrar a un verdadero tata palero, quédese con aquel que consulta sin complejos oráculos; solo con sus ojos, su mpaka y sus palabras.

 

Tampoco el machete metálico, atributo inevitable en toda nganga actual, es de origen africano. El mbele o machete es la agridulce herramienta heredada de los colonos españoles, símbolo tanto de la esclavitud como de la libertad que experimentaron los congos en Cuba.

 

Algo parecido ocurrió con la fula o pólvora, sustancia eminentemente europea introducida en la liturgia palera de todas las ramas en el siglo XIX, y también con las patipembas o firmas, hoy emblemáticas del Palo Mayombe, pero que en realidad fueron tomadas —en su mayoría— de los símbolos Abakuá durante la misma época. En ambos casos fueron los briyumberos, rama de fuerte influencia yoruba, quienes realizaron dichas incorporaciones.

 

Además, Briyumba fue la creadora de la célebre prenda Sarabanda, cuya forma tomó del caldero de Oggún en la Ocha, así como de los mpungus y sus respectivos 21 caminos, adaptados también de la liturgia yoruba.

 

En el Mayombe puro solo existe un mpungu: Nsambi Mpungu, el dios creador que vive en el cielo. El resto de las entidades que actualmente llamamos mpungus —como Siete Rayos, Lucero, Madre de Agua, Centella Ndoki, etc.— no nacieron como divinidades, sino como nkisis: engendros sobrenaturales surgidos de la fusión artificial —obra del hombre— de espíritus de personas muertas con espíritus o tótems de determinados animales, plantas, minerales, aguas, vientos y lugares, atrapados dentro de fetiches de madera y alimentados con sangre.

 

El arte de crear nkisis con forma humana se fue perdiendo con el transcurrir de los siglos, no solo por la influencia yoruba y por la reticencia de los viejos congos a compartir sus secretos con quienes no fueran de su misma tierra, sino también por la propia viveza —o pereza, según se mire— de los criollos cubanos, a menudo inclinados a obtener resultados rápidos con el menor esfuerzo posible. Y es que montar un nkisi en un gran caldero o cazuela es mucho más fácil que hacerlo en un pequeño fetiche de madera con forma humana.

 

En realidad, la fórmula para montar un nkisi en un muñeco de madera y la fórmula para hacerlo en un caldero o cazuela —las llamadas ngangas— son muy parecidas. La esencia y los fundamentos son los mismos, pero la diferencia —y la dificultad— radica en la manera de distribuir y compactar esos elementos dentro de un espacio más reducido y complejo que el de una cazuela: el interior de una talla de madera que debe formar una figura humana con rasgos únicos, surgidos de las manos y de las visiones o inspiraciones de su creador, que le confieren un carácter propio.

 

Sí, porque la apariencia y el temperamento finales del nuevo nkisi no suelen revelarse de golpe, sino que se van perfilando poco a poco, a medida que las manos y los ojos, concentrados en el trabajo y abstraídos de todo lo demás, sumergen a su dueño en un trance muy particular. En ese estado es capaz de vislumbrar el alma, la energía o la esencia espiritual de la entidad en formación y traducirla en formas y colores que representen y resalten sus principales características.

 

No se trata de coger un nfumbe y embutirlo a la fuerza dentro de un muñeco o recipiente reproducido a partir de un molde o de la fotografía de otra prenda —así no funciona—, sino, por el contrario, de ir encajando las piezas o ingredientes que hemos reunido para crear nuestro nkisi de manera que reflejen la imagen que percibimos de él.

 

Dicho de otro modo, el fetiche que lo alberga debe ser el retrato espiritual del nkisi, la suma armónica de las principales correspondencias y contrastes entre las diferentes entidades que lo conforman. El género —masculino o femenino— de la figura, su complexión física, la edad que transmite, la expresión del rostro, los colores, materiales y atributos que la visten y complementan deben corresponderse con cada clase de entidad que la integra y combinar entre sí de forma armónica. El resultado final debe ser impactante y no dejar indiferente a nadie que presencie al nkisi, ya sea provocándole miedo o euforia, reverencia o placer estético, catarsis psicológica o trance espiritual, entre otras posibles reacciones o “experiencias religiosas”.

 

Todo lo anterior implica que, para crear un nkisi, primero debemos reunir los ingredientes y espíritus antes de encasquetarle a la fuerza un determinado mpungu. El tipo de nkisi que podremos montar dependerá de los elementos y entidades que logremos acopiar, y no de nuestros deseos o preferencias.

 

Es normal tener prendas recibidas anteriormente de nuestros padrinos, pero los nfumbes que contienen esos gajos les pertenecen a ellos, y los poderes que nos prestan como ahijados son limitados. Por eso, aunque estemos rayados y técnicamente seamos tatas y poseamos algún nkisi o nganga entregado por un mayor, nunca seremos verdaderos tatas o yayas hasta que consigamos un nfumbe por nuestros propios medios y lo convirtamos en nuestra propia prenda.

 

Las prendas recibidas de nuestros padrinos no son ngangas, sino gajos de las suyas, que nos entregan exclusivamente para ayudarnos a defendernos y encontrar nuestro propio camino, nada más. Contienen un hueso o fragmento de uno de los nfumbes de nuestro benefactor, encargado de sostener el vínculo o comunicación con su nganga, con el fin de protegernos y guiarnos en nuestro crecimiento; pero también para poder reprendernos si nos reviramos contra él. Por eso no podemos consultar ni ayudar a otras personas —y mucho menos cobrar por nuestros servicios— contando únicamente con un gajo de nuestro padrino.

 

El gajo es esencial para fundamentar nuestro nkisi: es el rastro de la nganga del padrino, la semilla o testigo que dará fe de nuestro linaje en este mundo y en el otro, y nos mantendrá vinculados al poder y la sabiduría de los ancestros que lo conforman.

 

Una vez contemos con un gajo que nos proteja y guíe, podremos centrarnos en la búsqueda de los múltiples ngandos —palos, minerales, restos animales, etc.— que contendrá nuestro nkisi, y en la captura del nfumbe que será su mayoral.

 

Necesitaremos al menos nueve nkunias distintas para fundamentar nuestro nkisi, aunque con el tiempo podremos ir agregando más palos hasta llegar a veintiuno. Los nueve palos iniciales deben incluir tres palos blancos, tres palos rojos y tres palos negros. Estos colores no se refieren al tono de las maderas, sino al carácter de sus propiedades: se consideran blancos los palos que sirven para limpiar, despojar, calmar y sanar; rojos los que ayudan con el amor, la fertilidad y el dinero; y negros los reservados para guerrear y dañar.

 

Esos nueve palos no se pueden comprar: deben ser cortados por usted mismo. Los palos blancos se cortan por la mañana, preferiblemente al amanecer durante la luna nueva. Los palos rojos se cortan a partir del mediodía, cuando el sol está más alto y fuerte, siempre en luna nueva o creciente. Y los palos negros se cortan de noche, preferiblemente durante el ocaso o antes del amanecer —horas muy brujas— en luna llena o menguante. Cortar cada palo es un ritual y un aprendizaje que debemos ejecutar a solas, pidiendo licencia al monte y al árbol en cuestión con respeto y sinceridad. Es preciso caerle bien a la nkunia para que nos permita cortarle una rama sin que esta pierda sus propiedades o se revire contra nosotros. Las ofrendas ayudan, pero deben hacerse de kunanchila —de corazón— para que funcionen.

 

En cuanto a las tierras o ntotos que contendrá nuestro nkisi, no pueden faltar: tierra de la tumba del nfumbe, tierra de monte o montaña, tierra de un hormiguero bravo, tierra de cruce de caminos, rastro de mercado, rastro de la nganga del padrino, rastro de hospital, rastro de iglesia, rastro de la policía, rastro de los juzgados, rastro de fondo marino y rastro de fondo de río, lago o pozo.

 

Las mataris o piedras que lleva un nkisi pueden ser muchas, pero solo tres resultan imprescindibles: un imán para atraer, un cuarzo para proyectar y una matari que encierre el poder de un espíritu de monte, rayo, mar o río, que definirá el tipo de prenda que haremos. Las mataris de rayo sirven para montar prendas guerreras como Siete Rayos, Sarabanda y Centella. Las de monte son más adecuadas para Lucero, Ngurufinda, Kobayende y Tiembla Tierra. Y las de agua solo valen para prendas acuáticas como Madre de Agua, Mamá Chola y Ngonda Nkisi.

 

Los restos de animales que lleva un nkisi también dependen del tipo de prenda que estemos fabricando. Si se trata de una prenda de agua, primarán los restos de peces, anfibios, caracolas y aves acuáticas; y si es una prenda de monte o de rayo, predominarán los restos de fieras, animales astados y aves rapaces. Pero, en cualquier caso, no deben faltar plumas, cuernos, caracoles, garras o colmillos, gusanos de tumba, ciempiés, culebras, lagartos, cucarachas, moscas, escarabajos, arañas, mariposas negras, cocuyos, hormigas, avispas y termitas.

 

Solo cuando tengamos reunidos todos los ngandos, nkunias, mataris y ntotos, y sepamos qué tipo de nkisi podremos montar con ellos, debemos empezar a buscar a nuestro futuro mayoral, ya que el sexo del nfumbe debe encajar con la clase de prenda que estemos fabricando. Las kriyumbas femeninas sirven para prendas femeninas y acuáticas, mientras que las masculinas valen para prendas de tierra, aire o fuego.

 

Para conseguir un nfumbe, debemos investigar en las noticias necrológicas y seleccionar un sujeto fallecido trágica y recientemente, ya que a partir de la tercera semana es muy posible que el espíritu se haya alejado de sus restos. Si es la primera vez que lo hacemos, no debemos tardar más de dos semanas desde el entierro para ir a buscarlo al cementerio, de modo que tengamos tiempo de visitar su tumba varias noches seguidas, hasta convencerlo, sellar el pacto, desenterrarlo y llevárnoslo a casa.

 

Las personas que vivieron y murieron en paz no sirven como mayorales. Los buenos mayorales deben ser almas en pena: espíritus oscurecidos por muertes violentas o súbitas, con asuntos mundanos pendientes que los mantengan rondando a los vivos, sin aceptar o darse cuenta de su estado durante un buen tiempo. El suficiente para aprovecharnos de su ofuscación y tentarlos con toda clase de ofrendas y atenciones —menga, licores, mieles, velas, inciensos, perfumes, tabaco, café, granos de maíz, monedas, caracoles, flores, firmas, mambos y promesas— que los calmarán y harán sentir mejor momentáneamente, pero que al mismo tiempo los volverán más pesados y dependientes de la materia absorbida en los sacrificios, retrasando casi indefinidamente su ascenso hacia el Creador. Al menos hasta que el brujo muera.

 

Debemos empezar a montar el nkisi sin tardanza, en cuanto tengamos los restos del nfumbe en casa. Para entonces, el muñeco debe estar planteado y listo para ser cargado con los ngandos acumulados previamente, y coronado con los huesos, palos, plumas, mpakas, caracoles, collares, machetes, herraduras y demás atributos externos que terminan de configurar el fetiche.

 

Los fetiches pueden hacerse tallando la figura completa en una sola pieza de madera o ensamblando diferentes palos para darle forma al muñeco. También pueden realizarse a partir de otros ngandos o elementos naturales como güiras, cocos, calabazas, carapachos de tortuga, cuernos de toro, buey, carnero o cabra, sacos de yute o cuero, y cestos tejidos con yarey. En realidad, puede usarse cualquier elemento mientras sea natural o posea un fuerte simbolismo.

 

Estos muñecos pueden representar guerreros armados con lanzas, hachas, flechas y machetes; viejos tatas portando sus bastones; negritos sonrientes provistos de grandes falos; diablitos con cuernos y pinchos clavados en el torso; y mujeres embarazadas, de grandes pechos o blandiendo algún arma o atributo. Todos suelen llevar al menos un espejo en el vientre o en el pene y, cuando se agregan más nkunias posteriormente, se colocan en una especie de cesta o mochila colgada a la espalda o a un costado.

 

Los fetiches se pintan, visten y decoran con telas, hilos y cuentas de los colores emblemáticos del tipo de nkisi que alberguen. También se atan con sogas, rafias y cadenas para sujetarlos, y pueden añadirse múltiples complementos: faldas de yute o paja, clavos, alfileres, imperdibles, dagas, imanes, cascabeles, campanas, herraduras, monedas, anillos, collares, caracoles, perlas, corales, garras, colmillos, cuernos, mandíbulas, cráneos, plumas y pieles de diversos animales, entre otros muchos posibles ingredientes. No es el tamaño ni el precio, sino la variedad y autenticidad de los ngandos y atributos lo que enriquece el poder de la prenda.

 

Todos los nkisis se parecen, pero no son iguales, y pueden tener muchos nombres, lo que genera confusión entre los aprendices. En Cuba, a los fetiches inspirados en Lucero se les suele llamar nkuyos o luceritos. A los fetiches encargados de proteger el munanso o vivienda se les denomina genéricamente ndundus o guardieros, independientemente de que estén relacionados con Lucero o con cualquier otro mpungu. A los muñecos que sirven para atrapar y dominar el alma de una persona viva se les conoce como nkondis. A los muñecos diabólicos o relacionados con los karires, que sirven exclusivamente para espiar, enredar y hacer daño, se les llama popularmente kini kinis. Y a las figuras de madera en cuyo cuerpo se clavan pinchos por cada petición, se les conoce simplemente como nkisis. Vocablos escurridizos que pueden ayudar a los ngueyos a orientarse y dar sus primeros pasos en el mundo de los muñecos brujos, pero que no deben tomarse al pie de la letra como si fueran dogmas religiosos o fórmulas químicas.

 

Para consagrar la prenda necesitaremos, además, siete metales —entre los que no deben faltar oro o plata, hierro, cobre y azogue—; plumas de al menos tres clases distintas de aves, incluyendo plumas de mayimbe (aura tiñosa) o, en su defecto, de algún otro pájaro necrófago como el cóndor o el buitre; y plumas de otras dos aves relacionadas con el nkisi que estemos montando. Por ejemplo, plumas de aves acuáticas —patos, gansos, cisnes, garzas, gaviotas, pelícanos, gallinas y pavos— para prendas acuáticas como Madre de Agua, Chola Wengue y Ngonda Nkisi; y plumas de aves rapaces —águilas, halcones, búhos y gavilanes— para prendas guerreras como Siete Rayos, Sarabanda, Watariamba y Centella Ndoki. También necesitaremos ngandos o fragmentos de animales terrestres —perros, felinos, cabras, toros, jutías, monos y serpientes—; animales que se mueven bajo tierra —gusanos, ciempiés, lombrices, arañas, hormigas y escorpiones—; y criaturas acuáticas —caracoles, estrellas, hipocampos, tortugas, tiburones, caimanes, barracudas y pirañas—.

 

En total, el mínimo de elementos imprescindibles con los que nace un nkisi es:

 

• 1 nfumbe

• 3 mataris

• 3 bichos de tumba

• 3 animales de tierra

• 3 animales acuáticos

• 3 aves

• 7 metales

• 9 nkunias

• 12 ntotos

 

El sello del nkisi se realiza fuera de la prenda, ya que no hay suficiente espacio en su interior. Se traza en el suelo o sobre una tabla la firma del tipo de entidad que estamos creando y encima colocamos el fetiche, la kriyumba y la matari. Pronunciamos el pacto y lo sellamos vertiendo un poco de nuestra propia sangre sobre la piedra y el hueso. De esa forma se cierra la alianza o trinidad mágica —llamada nkisi— entre un humano vivo, un humano muerto y un espíritu de la naturaleza.

 

La matari debe ser pequeña para, concluido el sello, poder regresarla al interior de la prenda. La kriyumba es demasiado grande, por lo que se queda fuera, y en su lugar introducimos en la carga un hueso o fragmento más pequeño del mismo nfumbe.

 

A continuación, sellada y terminada la prenda en su totalidad, la enterramos en el monte, al pie de un árbol que sea aliado nuestro, y la regamos con menga de un gallo, aguardiente, miel de caña y humo de tabaco. Podemos dejar enterrado al nkisi recién nacido una, dos o tres semanas, para que absorba los misterios y poderes del monte. Cumplido el plazo, desenterramos la prenda y le damos entrada en nuestra casa con nuevas ofrendas de menga, malafo y nsunga; tras lo cual ya podemos ponerla a trabajar.


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lunes, 1 de diciembre de 2025

El Oráculo de los Cuatro Vientos: una joya de la Tumba Francesa


En mi empeño por rastrear y divulgar los diversos cultos mágicos afrocubanos de raíz bantú —las llamadas reglas muerteras o de Palo Monte—, con el fin de preservar sus huellas y evitar que se diluyan o confundan con el paso del tiempo, hoy les presento un antiguo sistema de interpretación del oráculo de los Chamalongos -cuatro conchas que se arrojan sobre una cruz de tiza, conocida como Cuatro Vientos- que forma parte de la liturgia palera desarrollada en la campiña oriental de Cuba. Esta tradición se conoce como Tumba Francesa, debido a la fuerte influencia en ella del vudú haitiano, resultado de las sucesivas migraciones desde la vecina isla que arribaron a las costas orientales cubanas a lo largo del siglo XIX y la primera mitad del XX.

La principal diferencia entre este sistema y otros métodos de interpretación del oráculo de los chamalongos —como los que se desarrollaron en La Habana, Matanzas y otras localidades del occidente cubano tras la abolición de la esclavitud— radica en que todas las patipembas o firmas mágicas derivadas de sus consultas son variaciones de un único símbolo: el célebre Simandó o Cuatro Vientos. Este consiste en un círculo inscrito dentro de una cruz formada por flechas, lo que lo hace destacar por la sencillez de su aprendizaje y aplicación.

Otra diferencia significativa entre la Tumba Francesa —también llamada Kimbisa Oriental o Kimbisa Haitiana— y las principales reglas paleras del occidente cubano —Mayombe, Briyumba y Kimbisa del Santo Cristo del Buen Viaje— es su origen y contexto social. La Tumba Francesa fue cultivada de forma silvestre y libre durante siglos por cimarrones: esclavos africanos que escapaban de las plantaciones e ingenios azucareros, donde eran tratados como bestias de carga, para refugiarse en los llamados palenkes o poblados rebeldes que florecieron ocultos de las autoridades coloniales en las montañas del Nipe y la Sierra Maestra desde el siglo XVI. En cambio, las reglas occidentales son mucho más recientes y “civilizadas”, fundadas entre finales del siglo XIX y principios del XX en las barriadas de negros y mestizos que crecieron por esa época a extramuros de las ciudades. Estas fueron creadas por antiguos esclavos bantúes —gangas, mayombes, lingalas, bakongos, entre otros— y sus descendientes, quienes conservaron sus tradiciones de forma algo tímida y parcial, “jugando” sus ritos en los cabildos coloniales: espacios culturales “seguros” donde los esclavos podían recrear sus costumbres y glorias pasadas para sacudirse la nostalgia y desahogarse de sus penas presentes, bajo la estricta vigilancia de sus amos blancos. Estos prohibían y castigaban los sacrificios de sangre, el uso de armas blancas —de ahí el empleo de cuchillos de madera en ciertos rituales afrocubanos—, la pólvora y cualquier forma de violencia o lascivia en las ceremonias, razón por la cual se les llamaba irónicamente “juegos”.

Incluso hoy en día se sigue llamando “juegos” a los plantes de nganguleros y ñáñigos celebrados en casas y cuarterías de La Habana, Matanzas y otras ciudades de la isla. Y es que el Palo Monte que se realiza discretamente entre cuatro paredes, sobre piso de losa o cemento, iluminado por velas y bombillas y sin sonar tambores —para no molestar a los vecinos ni alertar a la policía— es como un juego de salón comparado con el Palo Monte que se practica sin miedo en los campos de Cuba, fuera de la vista de cualquier autoridad, en medio de la naturaleza, bajo la luz de Ngonda —la Luna— y las estrellas, al abrigo de un gran fuego y del canto de los tambores armónicamente sincronizado con el rumor de fondo de un arroyo o de una playa y de un coro infinito de grillos, lechuzas y otras criaturas de la noche.

Hago esta aclaración porque siempre se habla del sincretismo entre lo bantú y lo yoruba en la conformación de los cultos mágicos afrocubanos, pero rara vez se menciona otro factor determinante en la configuración final de las reglas muerteras: el choque o encuentro entre el Palo Monte jíbaro del campo y el Palo Monte fino de la ciudad.

Los nganguleros de los palenkes fueron cimarrones: hombres y mujeres bravos y libres por derecho propio, y sus hijos nacidos en libertad; a menudo fruto del amor o trato con personas de razas y culturas diferentes, pero de gemelas e insumisas almas, como aborígenes cubanos —taínos, siboneyes, guanajatabeyes y caribes—, emigrantes canarios y cimarrones de otras zonas de África, como lukumíes —nombre genérico que se daba a los esclavos de origen yoruba—, mandingas —africanos musulmanes de la zona del Alto Níger y los valles de Gambia y el Senegal, que introdujeron en Cuba el culto a Obbá-Allah u Obbatalá— y ararás —negros procedentes del reino de Dahomey, de los misteriosos pueblos Fon y Ewé, de los que desciende la sociedad secreta Abakuá, que tanta influencia tuvo en la concepción de la dimamanga o conjunto de firmas paleras y de la idiosincrasia cubana en general—. Muchos de ellos se unieron voluntariamente al ejército mambí durante las guerras independentistas, como el célebre general y brujo de piel negra Quintín Bandera.

Durante cientos de años, estos brujos jíbaros vivieron “alzados” —eufemismo popular cubano para referirse por igual a forajidos, herejes, contrabandistas y revolucionarios que se “alzaban” en las montañas de Cuba—, al margen de la ley y de los curas; estableciendo una relación espiritual directa con la isla, descubriendo y reverenciando por su cuenta las maravillas y misterios de su cálida y dulce naturaleza, e integrando a ella los secretos de sus tradiciones ancestrales con la fe y delicadeza de quien trasplanta el último bulbo de la última flor de su planeta al suelo de un nuevo mundo. Daban gracias a ntoto —la tierra— a cada paso, y procuraban saludar por su nombre a cada nkunia, nfita y musanga de kunanfinda, el Monte, para ganar su favor. Pudiendo elegir a su aire los mejores ingredientes de cada universo para cocer la retoña cosmogonía afrocaribeña en que se acunó el Palo Monte.

Mientras tanto, los nganguleros que fundaron en La Habana las potencias Mayombe, Briyumba y Kimbisa del Santo Cristo del Buen Viaje eran fundamentalmente antiguos esclavos y su descendencia concebida en cautiverio. Conocían mejor los rezos católicos y los modales urbanos que la selva tropical, pero a cambio sabían leer, y lo hacían, nutriéndose de cuanta novedad ocultista llegaba del viejo mundo, como el espiritismo y la masonería.

Por citar un caso, el célebre Andrés Petit, fundador de la regla Kimbisa del Santo Cristo del Buen Viaje y de la primera potencia Abakuá que admitió a criollos en sus filas, fue lo que en Cuba llamamos un mulato catedrático: hijo bastardo de una esclava doméstica y de un amo blanco, criado junto a sus hermanos blancos en la casa señorial y educado por los dominicos, orden religiosa de la que llegó a ser terciario. La magia africana corría con fuerza por sus venas, pero su mente razonaba como la de un europeo, lo que le permitió moverse con habilidad en ambas aguas y tener éxito tanto entre los mestizos pobres como entre los criollos ricos.

La fusión de ambas liturgias paleras —la del campo y la urbana— alcanzó su punto de ebullición tras el fin de la guerra de independencia y el establecimiento de la República de Cuba en 1902, cuando mucha gente del campo —más de un brujo palero entre ellos— tuvo que emigrar a las ciudades, huyendo de las hambrunas y la desolación. Dejaron atrás todas sus pertenencias, llevándose únicamente su cultura, sus expresiones, su música, su cocina, su botánica, sus ritos mágicos.

Los contrastes de esta mezcla pueden apreciarse mejor si se estudian las diferencias entre la sencilla liturgia adivinatoria rural de la Tumba Francesa o palo monte oriental, y los sistemas de interpretación de los chamalongos aplicados en las ciudades, de mayor complejidad y fuerte influencia española y yoruba.

En la Tumba Francesa solo existen cuatro mpungus: Nsasi, el elemento Fuego; Kalunga, el elemento Agua; Ntoto, el elemento Tierra; y Simandó, el elemento Aire; de los cuales derivan los nkisis o prendas del Palo Monte.

Del mpungu Sabranu Nsasi —dueño del rayo y las centellas, como el Zeus olímpico— nacen las famosas prendas o ngangas Siete Rayos, Tiembla Tierra, Brazo Fuerte, y también Mariwanga, Centella Ndoki y Francisca Siete Sayas, versiones femeninas de Siete Rayos. En el caso de Tiembla Tierra, cabe destacar que, inicialmente, fue una prenda iracunda y violenta, fundamentada en el poder de los terremotos, tan frecuentes en las zonas más orientales de la isla, como la Sierra Maestra, Guantánamo y Santiago de Cuba. Sin embargo, al trasladarse a las ciudades, se sincretizó con el orisha yoruba Obbatalá y con la Virgen católica de las Mercedes, y su carácter belicoso fue sustituido por la templanza característica de esas divinidades, llamándosele a menudo Mamá Kengue.

Del mpungu Kalunga —que rige todas las aguas y simboliza la oscuridad y la muerte— nacen prendas acuáticas y femeninas como las célebres Madre de Agua, Mamá Chola y Ngonda Nkisi. Originalmente, Madre de Agua representaba el poder mágico del majá gigante que habita en las grandes cuevas de Cuba, y que ya era adorado por los indígenas mucho antes de la conquista española. No fue sino hasta el siglo XX, cuando llegó a La Habana y se sincretizó con la Virgen de Regla y la orisha Yemayá, que este nkisi adquirió un carácter oceánico. Algo parecido ocurrió con Chola Wengue, que nació como prenda guerrera de los simbis nkita —espíritus de ríos y lagunas—, pero se volvió más fina y coqueta en las ciudades, bajo la influencia de Oshún, orisha de la belleza y la sensualidad.

De Ntoto, la fuerza espiritual o mpungu de toda la Tierra, germinó el nkisi Ngurufinda: la fuerza mágica del Monte, de las plantas y aves que lo habitan, que rige la caza y la medicina natural. Más adelante, con la integración del Palo Monte a las ciudades, de Ngurufinda y de la combinación de sus virtudes con las de otros nkisis como Lucero y Tiembla Tierra, surgieron nuevas prendas de marcada influencia urbana y yoruba, como Cabo Ronda y Mundo Nuevo —prendas especializadas en asuntos policiales y en la cárcel, respectivamente—, y el popular Sarabanda, entidad 100 % cubana que se obtiene de la aleación del nkisi Siete Rayos con los Guerreros de la Ocha: Oggún, Eléggua y Ochosi. Esta fue diseñada específicamente por los briyumberos de La Habana para competir y vencer a la poderosa nganga Siete Rayos de los brujos orientales que se asentaron en la capital, conocidos popularmente como mayomberos, aunque en realidad procedían o descendían de diversos pueblos bantúes, no solo de Mayombe.

Y del mpungu Simandó, Impenso Siantoko Pamboansila —el misterio de los cuatro vientos en la encrucijada—, emergieron los nkisis Lucero, Kobayende y Kitembo o Remolino Viramundo, los inquietos y a veces terribles espíritus africanos del Aire que siguieron evolucionando y transformándose durante más de cuatrocientos años en los campos y ciudades de la isla de Cuba, revolviéndose a fuego lento con otras divinidades bantúes —como Nkuyo, Bakuandé y Mariwanga—; yorubas —como Los Guerreros, Oyá y Babalú Ayé—; y occidentales —como el Santo Niño de Atocha, San Lázaro, Santa Bárbara, la Virgen de la Candelaria y el mismísimo Lucifer.

Sabiendo todo eso de antemano, nos resultará más fácil interpretar este viejo sistema de consulta con chamalongos de la Tumba Francesa.

La primera tirada se realiza sobre una simple cruz trazada en el suelo o sobre una tabla, junto a la prenda. De la forma en que caigan —boca arriba o boca abajo— y de la posición que adopten las cuatro conchas o piezas sobre el dibujo del Cuatro Vientos, se extrae el signo del registro, el cual indica el estado espiritual —positivo o negativo— del consultante y de las circunstancias que lo rodean en el presente, en relación con su pasado reciente y su futuro próximo.

Esta primera tirada corresponde a uno de los 16 signos posibles y se anota en el centro del Simandó, como se muestra en la imagen. Cada signo es una combinación de cuatro pequeños círculos (o) y/o cruces (+), que puede relacionarse con determinados mpungus y distintas tesituras:


En la segunda tirada, se arrojan los chamalongos sobre la cruz del Cuatro Vientos para continuar la composición de la patipemba y determinar el nsila o camino a seguir para equilibrar las energías que rodean al consultante, así como las obras indicadas por los nfumbes para resolver su problema o deseo. Cada una de las 16 caídas posibles posee su propia forma de orientar las puntas —positivas (+)— y/o las plumas —negativas (o)— que perfilan las flechas sobre los extremos del Simandó, indicando el tipo de trabajo a realizar para alcanzar nuestro objetivo, como se muestra en la ilustración:


Si con la segunda tirada no se logra compensar o redistribuir las energías reveladas en la primera, de forma que permita resolver el conflicto o la petición del consultante, es necesario continuar indagando y negociando con los espíritus mediante nuevas preguntas y tiradas, hasta que las cuentas salgan correctamente. Generalmente, un brujo sabio no necesita repetir la segunda tirada, pues siempre sabe encontrar el mejor camino en cualquier signo que caiga, pero es normal que los nganguleros más inexpertos precisen varias tiradas para descifrar y adaptar los signos a sus consultas, pues muchas de las situaciones que describen no las han vivido o presenciado nunca. 

Sin embargo, si al repetir la segunda tirada todas las conchas caen bocabajo, el signo se interpreta como mal augurio: Hablan Kalunga, la Muerte, y los Karires o demonios que la pueblan; por lo que se suspende de inmediato la sesión, se lavan los chamalongos y la consulta se pospone para otra fecha.

Por el contrario, si al repetir la segunda tirada se obtiene un signo propicio, ya solo resta completar la patipemba trazando su último elemento: la ñoca, o flecha -recta o serpenteante-, sobre la cual se hará estallar fula —pólvora mezclada con mpolos, o polvos de ciertos palos y huesos— para arrear a los nfumbes en dirección a su misión y dar por finalizada la obra.

En otras palabras, la patipemba de cada obra se obtiene anotando el signo de la primera tirada en el centro del Cuatro Vientos, dibujando a continuación el signo de la segunda tirada en forma de puntas y/o plumas de flechas en los extremos de la cruz, y trazando por último la ñoca de fula, que siempre debe pasar por su centro o envolverlo en un círculo. Al combinar los 16 signos posibles de la primera mano —conformados por cruces (+) y círculos (o)— con las 16 rutas viables del segundo lanzamiento —delineadas por puntas y plumas de flechas— es factible extraer hasta 256 caminos distintos y sus respectivas firmas, como podemos apreciar en las siguientes 16 imágenes:


















Las flechas azules que aparecen en los gráficos anteriores ilustran distintas maneras de dirigir la ñoca, o flecha final, sobre el 4 Vientos. Por lo tanto, no es obligatorio reproducirlas de forma exacta, ya que cada tata desarrolla su propio estilo. Cabe destacar que, en este sistema, no es necesario realizar una tercera tirada para confirmar si todo ha salido bien, pues la trayectoria de la fula quemada —ya sea completa o incompleta, firme o vacilante— lo indica por sí sola. Solo cuando el brujo anda escaso de pólvora recurre a una tercera tirada de chamalongos para sustituir el arreo de fula y validar los resultados.

Les dejo enlaces a los vídeos en que muestro, en la práctica y al pie de mi nganga, el funcionamiento de este peculiar sistema de consulta con chamalongos, sus firmas, obras y el arreo de los nfumbes:

https://vm.tiktok.com/ZNRdspjm7/

https://vm.tiktok.com/ZNRdsEcrC/

https://vm.tiktok.com/ZNRdsQnNq/

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