viernes, 27 de marzo de 2026

Tratado de Kini Kini. El secreto de los muñecos brujos


Los nkuyos, nkisis, nkondis o kini kinis son algunos de los nombres con los que se conocen en Cuba los fetiches mágicos de madera fabricados por los negros de origen bantú —llamados popularmente congos o mayomberos dentro de la isla, aunque en realidad provenían de diversas tribus africanas como los bakuba, lingala, bakongo, baganda, kikuyus, tongas y zulúes, entre otras— que adoraban como a un dios vivo la enorme y tupida Sierra de Mayombe, cuyos bosques y ríos abarcan grandes áreas de las actuales naciones del Congo, Angola y Gabón. Estos pueblos llegaron al Nuevo Mundo como esclavos durante la época colonial, entre los siglos XVI y XIX.

Los congos o mayomberos provenían de sociedades nómadas, cazadoras, recolectoras y guerreras que carecían de escritura y transmitían oralmente sus conocimientos de generación en generación. Por ello no dejaron textos —los llamados tratados— sobre el montaje de sus muñecos brujos.

 

Las ramas de Briyumba y Kimbisa del Santo Cristo del Buen Viaje —no confundir con la antigua Kimbisa o Tumba Francesa, de fuerte influencia del vudú haitiano, practicada en el oriente de la isla— brotaron del tronco de Mayombe a finales del siglo XIX, tras la abolición de la esclavitud. Fueron fundadas en La Habana por negros libres, descendientes de esclavos domésticos, sobre todo yorubas, más sedentarios y dóciles que los bantúes. Por esa razón, sus liturgias presentan grandes lagunas respecto a los secretos de los mayomberos originales —como el de los kini kini— y abundan en elementos de influencia yoruba y católica añadidos como relleno.

 

Es por ello que ni en la regla de Briyumba ni en la Kimbisa de Andrés Petit suelen verse fetiches de madera, y sus prendas se asemejan más a las soperas, cazuelas y calderos de los orishas yorubas. El sincretismo ha llegado a tal punto que, más de un siglo después, la mayoría de los jóvenes paleros desconoce que las primeras prendas originales del Palo Monte consistieron en pequeños muñecos o figuras antropomórficas fabricados con madera, cocos, güiras, calabazas, cuernos y envoltorios de tela o cuero. Cuando se les muestra un auténtico nkisi o nkuyo, lo miran incrédulos y creen que es un “sancocho” o un invento reciente.

 

Lo que hoy llamamos Palo Monte se parece más a una religión animista —como la Santería de los descendientes yorubas— que al chamanismo practicado por los brujos de Mayombe. La mayoría de los elementos básicos de la liturgia palera moderna proviene de culturas ajenas a las bantúes. Tal es el caso del uso ritual del tabaco y del maíz, aportes de los aborígenes cubanos, o del empleo de distintos oráculos —caracoles, conchas, cocos y naipes— para adivinar, influencias yorubas y españolas.

 

Los brujos congos que llegaron a Cuba no empleaban oráculos para adivinar o consultar, pues poseían el don —de nacimiento, adquirido tras un evento traumático o desarrollado bajo la guía espiritual de un padrino— de la clarividencia, mediumnidad o vititi, vocablo kikongo que significa “vista”. Es cierto que usaban las conchas llamadas nkobos o chamalongos, pero no para “registrar” a las personas que solicitaban su ayuda, sino únicamente para obtener respuestas rápidas de los nfumbes durante los trabajos.

 

El auténtico registro o diagnóstico espiritual de los primeros brujos paleros se basaba en su habilidad para entrar en trance o semitrance a voluntad, o para provocar que otras personas cayeran en ese estado. En él eran capaces de percibir con sus propios sentidos el aura de cada individuo y las revelaciones que los espíritus mostraran sobre el mismo. En ese sentido, por ejemplo, las mpakas vititi mensu —cuernos rellenos de innumerables elementos naturales y sellados con un espejo— cumplen una función parecida a la de los péndulos, relojes de bolsillo y espirales que utilizan los hipnotizadores modernos, permitiendo al brujo atrapar la atención del sujeto y facilitar la inducción al trance.

 

Hoy en día cualquiera puede rayarse, recibir una prenda y comenzar a ejercer el oficio congo registrando a la gente con chamalongos, cauries y naipes. Pero si usted quiere encontrar a un verdadero tata palero, quédese con aquel que consulta sin complejos oráculos; solo con sus ojos, su mpaka y sus palabras.

 

Tampoco el machete metálico, atributo inevitable en toda nganga actual, es de origen africano. El mbele o machete es la agridulce herramienta heredada de los colonos españoles, símbolo tanto de la esclavitud como de la libertad que experimentaron los congos en Cuba.

 

Algo parecido ocurrió con la fula o pólvora, sustancia eminentemente europea introducida en la liturgia palera de todas las ramas en el siglo XIX, y también con las patipembas o firmas, hoy emblemáticas del Palo Mayombe, pero que en realidad fueron tomadas —en su mayoría— de los símbolos Abakuá durante la misma época. En ambos casos fueron los briyumberos, rama de fuerte influencia yoruba, quienes realizaron dichas incorporaciones.

 

Además, Briyumba fue la creadora de la célebre prenda Sarabanda, cuya forma tomó del caldero de Oggún en la Ocha, así como de los mpungus y sus respectivos 21 caminos, adaptados también de la liturgia yoruba.

 

En el Mayombe puro solo existe un mpungu: Nsambi Mpungu, el dios creador que vive en el cielo. El resto de las entidades que actualmente llamamos mpungus —como Siete Rayos, Lucero, Madre de Agua, Centella Ndoki, etc.— no nacieron como divinidades, sino como nkisis: engendros sobrenaturales surgidos de la fusión artificial —obra del hombre— de espíritus de personas muertas con espíritus o tótems de determinados animales, plantas, minerales, aguas, vientos y lugares, atrapados dentro de fetiches de madera y alimentados con sangre.

 

El arte de crear nkisis con forma humana se fue perdiendo con el transcurrir de los siglos, no solo por la influencia yoruba y por la reticencia de los viejos congos a compartir sus secretos con quienes no fueran de su misma tierra, sino también por la propia viveza —o pereza, según se mire— de los criollos cubanos, a menudo inclinados a obtener resultados rápidos con el menor esfuerzo posible. Y es que montar un nkisi en un gran caldero o cazuela es mucho más fácil que hacerlo en un pequeño fetiche de madera con forma humana.

 

En realidad, la fórmula para montar un nkisi en un muñeco de madera y la fórmula para hacerlo en un caldero o cazuela —las llamadas ngangas— son muy parecidas. La esencia y los fundamentos son los mismos, pero la diferencia —y la dificultad— radica en la manera de distribuir y compactar esos elementos dentro de un espacio más reducido y complejo que el de una cazuela: el interior de una talla de madera que debe formar una figura humana con rasgos únicos, surgidos de las manos y de las visiones o inspiraciones de su creador, que le confieren un carácter propio.

 

Sí, porque la apariencia y el temperamento finales del nuevo nkisi no suelen revelarse de golpe, sino que se van perfilando poco a poco, a medida que las manos y los ojos, concentrados en el trabajo y abstraídos de todo lo demás, sumergen a su dueño en un trance muy particular. En ese estado es capaz de vislumbrar el alma, la energía o la esencia espiritual de la entidad en formación y traducirla en formas y colores que representen y resalten sus principales características.

 

No se trata de coger un nfumbe y embutirlo a la fuerza dentro de un muñeco o recipiente reproducido a partir de un molde o de la fotografía de otra prenda —así no funciona—, sino, por el contrario, de ir encajando las piezas o ingredientes que hemos reunido para crear nuestro nkisi de manera que reflejen la imagen que percibimos de él.

 

Dicho de otro modo, el fetiche que lo alberga debe ser el retrato espiritual del nkisi, la suma armónica de las principales correspondencias y contrastes entre las diferentes entidades que lo conforman. El género —masculino o femenino— de la figura, su complexión física, la edad que transmite, la expresión del rostro, los colores, materiales y atributos que la visten y complementan deben corresponderse con cada clase de entidad que la integra y combinar entre sí de forma armónica. El resultado final debe ser impactante y no dejar indiferente a nadie que presencie al nkisi, ya sea provocándole miedo o euforia, reverencia o placer estético, catarsis psicológica o trance espiritual, entre otras posibles reacciones o “experiencias religiosas”.

 

Todo lo anterior implica que, para crear un nkisi, primero debemos reunir los ingredientes y espíritus antes de encasquetarle a la fuerza un determinado mpungu. El tipo de nkisi que podremos montar dependerá de los elementos y entidades que logremos acopiar, y no de nuestros deseos o preferencias.

 

Es normal tener prendas recibidas anteriormente de nuestros padrinos, pero los nfumbes que contienen esos gajos les pertenecen a ellos, y los poderes que nos prestan como ahijados son limitados. Por eso, aunque estemos rayados y técnicamente seamos tatas y poseamos algún nkisi o nganga entregado por un mayor, nunca seremos verdaderos tatas o yayas hasta que consigamos un nfumbe por nuestros propios medios y lo convirtamos en nuestra propia prenda.

 

Las prendas recibidas de nuestros padrinos no son ngangas, sino gajos de las suyas, que nos entregan exclusivamente para ayudarnos a defendernos y encontrar nuestro propio camino, nada más. Contienen un hueso o fragmento de uno de los nfumbes de nuestro benefactor, encargado de sostener el vínculo o comunicación con su nganga, con el fin de protegernos y guiarnos en nuestro crecimiento; pero también para poder reprendernos si nos reviramos contra él. Por eso no podemos consultar ni ayudar a otras personas —y mucho menos cobrar por nuestros servicios— contando únicamente con un gajo de nuestro padrino.

 

El gajo es esencial para fundamentar nuestro nkisi: es el rastro de la nganga del padrino, la semilla o testigo que dará fe de nuestro linaje en este mundo y en el otro, y nos mantendrá vinculados al poder y la sabiduría de los ancestros que lo conforman.

 

Una vez contemos con un gajo que nos proteja y guíe, podremos centrarnos en la búsqueda de los múltiples ngandos —palos, minerales, restos animales, etc.— que contendrá nuestro nkisi, y en la captura del nfumbe que será su mayoral.

 

Necesitaremos al menos nueve nkunias distintas para fundamentar nuestro nkisi, aunque con el tiempo podremos ir agregando más palos hasta llegar a veintiuno. Los nueve palos iniciales deben incluir tres palos blancos, tres palos rojos y tres palos negros. Estos colores no se refieren al tono de las maderas, sino al carácter de sus propiedades: se consideran blancos los palos que sirven para limpiar, despojar, calmar y sanar; rojos los que ayudan con el amor, la fertilidad y el dinero; y negros los reservados para guerrear y dañar.

 

Esos nueve palos no se pueden comprar: deben ser cortados por usted mismo. Los palos blancos se cortan por la mañana, preferiblemente al amanecer durante la luna nueva. Los palos rojos se cortan a partir del mediodía, cuando el sol está más alto y fuerte, siempre en luna nueva o creciente. Y los palos negros se cortan de noche, preferiblemente durante el ocaso o antes del amanecer —horas muy brujas— en luna llena o menguante. Cortar cada palo es un ritual y un aprendizaje que debemos ejecutar a solas, pidiendo licencia al monte y al árbol en cuestión con respeto y sinceridad. Es preciso caerle bien a la nkunia para que nos permita cortarle una rama sin que esta pierda sus propiedades o se revire contra nosotros. Las ofrendas ayudan, pero deben hacerse de kunanchila —de corazón— para que funcionen.

 

En cuanto a las tierras o ntotos que contendrá nuestro nkisi, no pueden faltar: tierra de la tumba del nfumbe, tierra de monte o montaña, tierra de un hormiguero bravo, tierra de cruce de caminos, rastro de mercado, rastro de la nganga del padrino, rastro de hospital, rastro de iglesia, rastro de la policía, rastro de los juzgados, rastro de fondo marino y rastro de fondo de río, lago o pozo.

 

Las mataris o piedras que lleva un nkisi pueden ser muchas, pero solo tres resultan imprescindibles: un imán para atraer, un cuarzo para proyectar y una matari que encierre el poder de un espíritu de monte, rayo, mar o río, que definirá el tipo de prenda que haremos. Las mataris de rayo sirven para montar prendas guerreras como Siete Rayos, Sarabanda y Centella. Las de monte son más adecuadas para Lucero, Ngurufinda, Kobayende y Tiembla Tierra. Y las de agua solo valen para prendas acuáticas como Madre de Agua, Mamá Chola y Ngonda Nkisi.

 

Los restos de animales que lleva un nkisi también dependen del tipo de prenda que estemos fabricando. Si se trata de una prenda de agua, primarán los restos de peces, anfibios, caracolas y aves acuáticas; y si es una prenda de monte o de rayo, predominarán los restos de fieras, animales astados y aves rapaces. Pero, en cualquier caso, no deben faltar plumas, cuernos, caracoles, garras o colmillos, gusanos de tumba, ciempiés, culebras, lagartos, cucarachas, moscas, escarabajos, arañas, mariposas negras, cocuyos, hormigas, avispas y termitas.

 

Solo cuando tengamos reunidos todos los ngandos, nkunias, mataris y ntotos, y sepamos qué tipo de nkisi podremos montar con ellos, debemos empezar a buscar a nuestro futuro mayoral, ya que el sexo del nfumbe debe encajar con la clase de prenda que estemos fabricando. Las kriyumbas femeninas sirven para prendas femeninas y acuáticas, mientras que las masculinas valen para prendas de tierra, aire o fuego.

 

Para conseguir un nfumbe, debemos investigar en las noticias necrológicas y seleccionar un sujeto fallecido trágica y recientemente, ya que a partir de la tercera semana es muy posible que el espíritu se haya alejado de sus restos. Si es la primera vez que lo hacemos, no debemos tardar más de dos semanas desde el entierro para ir a buscarlo al cementerio, de modo que tengamos tiempo de visitar su tumba varias noches seguidas, hasta convencerlo, sellar el pacto, desenterrarlo y llevárnoslo a casa.

 

Las personas que vivieron y murieron en paz no sirven como mayorales. Los buenos mayorales deben ser almas en pena: espíritus oscurecidos por muertes violentas o súbitas, con asuntos mundanos pendientes que los mantengan rondando a los vivos, sin aceptar o darse cuenta de su estado durante un buen tiempo. El suficiente para aprovecharnos de su ofuscación y tentarlos con toda clase de ofrendas y atenciones —menga, licores, mieles, velas, inciensos, perfumes, tabaco, café, granos de maíz, monedas, caracoles, flores, firmas, mambos y promesas— que los calmarán y harán sentir mejor momentáneamente, pero que al mismo tiempo los volverán más pesados y dependientes de la materia absorbida en los sacrificios, retrasando casi indefinidamente su ascenso hacia el Creador. Al menos hasta que el brujo muera.

 

Debemos empezar a montar el nkisi sin tardanza, en cuanto tengamos los restos del nfumbe en casa. Para entonces, el muñeco debe estar planteado y listo para ser cargado con los ngandos acumulados previamente, y coronado con los huesos, palos, plumas, mpakas, caracoles, collares, machetes, herraduras y demás atributos externos que terminan de configurar el fetiche.

 

Los fetiches pueden hacerse tallando la figura completa en una sola pieza de madera o ensamblando diferentes palos para darle forma al muñeco. También pueden realizarse a partir de otros ngandos o elementos naturales como güiras, cocos, calabazas, carapachos de tortuga, cuernos de toro, buey, carnero o cabra, sacos de yute o cuero, y cestos tejidos con yarey. En realidad, puede usarse cualquier elemento mientras sea natural o posea un fuerte simbolismo.

 

Estos muñecos pueden representar guerreros armados con lanzas, hachas, flechas y machetes; viejos tatas portando sus bastones; negritos sonrientes provistos de grandes falos; diablitos con cuernos y pinchos clavados en el torso; y mujeres embarazadas, de grandes pechos o blandiendo algún arma o atributo. Todos suelen llevar al menos un espejo en el vientre o en el pene y, cuando se agregan más nkunias posteriormente, se colocan en una especie de cesta o mochila colgada a la espalda o a un costado.

 

Los fetiches se pintan, visten y decoran con telas, hilos y cuentas de los colores emblemáticos del tipo de nkisi que alberguen. También se atan con sogas, rafias y cadenas para sujetarlos, y pueden añadirse múltiples complementos: faldas de yute o paja, clavos, alfileres, imperdibles, dagas, imanes, cascabeles, campanas, herraduras, monedas, anillos, collares, caracoles, perlas, corales, garras, colmillos, cuernos, mandíbulas, cráneos, plumas y pieles de diversos animales, entre otros muchos posibles ingredientes. No es el tamaño ni el precio, sino la variedad y autenticidad de los ngandos y atributos lo que enriquece el poder de la prenda.

 

Todos los nkisis se parecen, pero no son iguales, y pueden tener muchos nombres, lo que genera confusión entre los aprendices. En Cuba, a los fetiches inspirados en Lucero se les suele llamar nkuyos o luceritos. A los fetiches encargados de proteger el munanso o vivienda se les denomina genéricamente ndundus o guardieros, independientemente de que estén relacionados con Lucero o con cualquier otro mpungu. A los muñecos que sirven para atrapar y dominar el alma de una persona viva se les conoce como nkondis. A los muñecos diabólicos o relacionados con los karires, que sirven exclusivamente para espiar, enredar y hacer daño, se les llama popularmente kini kinis. Y a las figuras de madera en cuyo cuerpo se clavan pinchos por cada petición, se les conoce simplemente como nkisis. Vocablos escurridizos que pueden ayudar a los ngueyos a orientarse y dar sus primeros pasos en el mundo de los muñecos brujos, pero que no deben tomarse al pie de la letra como si fueran dogmas religiosos o fórmulas químicas.

 

Para consagrar la prenda necesitaremos, además, siete metales —entre los que no deben faltar oro o plata, hierro, cobre y azogue—; plumas de al menos tres clases distintas de aves, incluyendo plumas de mayimbe (aura tiñosa) o, en su defecto, de algún otro pájaro necrófago como el cóndor o el buitre; y plumas de otras dos aves relacionadas con el nkisi que estemos montando. Por ejemplo, plumas de aves acuáticas —patos, gansos, cisnes, garzas, gaviotas, pelícanos, gallinas y pavos— para prendas acuáticas como Madre de Agua, Chola Wengue y Ngonda Nkisi; y plumas de aves rapaces —águilas, halcones, búhos y gavilanes— para prendas guerreras como Siete Rayos, Sarabanda, Watariamba y Centella Ndoki. También necesitaremos ngandos o fragmentos de animales terrestres —perros, felinos, cabras, toros, jutías, monos y serpientes—; animales que se mueven bajo tierra —gusanos, ciempiés, lombrices, arañas, hormigas y escorpiones—; y criaturas acuáticas —caracoles, estrellas, hipocampos, tortugas, tiburones, caimanes, barracudas y pirañas—.

 

En total, el mínimo de elementos imprescindibles con los que nace un nkisi es:

 

• 1 nfumbe

• 3 mataris

• 3 bichos de tumba

• 3 animales de tierra

• 3 animales acuáticos

• 3 aves

• 7 metales

• 9 nkunias

• 12 ntotos

 

El sello del nkisi se realiza fuera de la prenda, ya que no hay suficiente espacio en su interior. Se traza en el suelo o sobre una tabla la firma del tipo de entidad que estamos creando y encima colocamos el fetiche, la kriyumba y la matari. Pronunciamos el pacto y lo sellamos vertiendo un poco de nuestra propia sangre sobre la piedra y el hueso. De esa forma se cierra la alianza o trinidad mágica —llamada nkisi— entre un humano vivo, un humano muerto y un espíritu de la naturaleza.

 

La matari debe ser pequeña para, concluido el sello, poder regresarla al interior de la prenda. La kriyumba es demasiado grande, por lo que se queda fuera, y en su lugar introducimos en la carga un hueso o fragmento más pequeño del mismo nfumbe.

 

A continuación, sellada y terminada la prenda en su totalidad, la enterramos en el monte, al pie de un árbol que sea aliado nuestro, y la regamos con menga de un gallo, aguardiente, miel de caña y humo de tabaco. Podemos dejar enterrado al nkisi recién nacido una, dos o tres semanas, para que absorba los misterios y poderes del monte. Cumplido el plazo, desenterramos la prenda y le damos entrada en nuestra casa con nuevas ofrendas de menga, malafo y nsunga; tras lo cual ya podemos ponerla a trabajar.


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